EDITORIAL
Por Mercè Izquierdo Aymerich
Hemos empezado el siglo XXI con la expectativa de haber conseguido “la sociedad
de la información” (o del conocimiento). Debido al desarrollo de
las ciencias y de la tecnología que garantizan un progreso que cada vez
será más importante, parece que hemos superado a a todas las sociedades
del pasado.
¿Qué pensamos, todos y todas? Por mucho que se diga, la vida
de cada uno se la solucionará cada uno y el siglo XXI, como todos los
anteriores y (esperamos) todos los que vengan, plantea dudas muy serias. Las
promesas de una sociedad ideal discrepan con los interrogantes que configuran
las vivencias más propias, el espacio más íntimo de las
personas que es de donde nacen las ilusiones y también los valores. Y
son estas dudas y estos valores los que han de orientar las producciones intelectuales,
humanas, como lo son las ciencias y las tecnologías.
El grupo Dynamon se propone promover “la opinión pública
sobre ciencia y tecnología” para que exista un debate que aporte
nuevas ideas a todo el mundo y contribuya a democratizar el conocimiento científico,
a hacerlo más humano y, en consecuencia más conflictivo y menos
dogmático. Es muy conveniente que se nos ayude a opinar, a huir de un
deslumbramiento consciente o inconsciente que conduce a las personas a exaltar
la actividad científica y, en consecuencia, a hacerla más pobre
y mucho menos interesante. Por eso, esta iniciativa resulta muy oportuna, por
la necesidad que tenemos (el público y las ciencias) de un ámbito
de discusión en el que puedan surgir los objetivos humanos que se pueden
y se quieren conseguir y a los cuales han de servir tanto la información
como el conocimiento.
El debate sobre Ciencia ya se está promoviendo, pero se hace con una
voluntad de adoctrinamiento, en un ambiente de crítica o alejamiento
respecto de todo lo que se califica como “no científico”,
(poniendo en un mismo saco, sin demasiado análisis, las religiones, las
supersticiones, las magias, el esoterismo...) y de confianza acrítica
a todo aquellos que va asociado a “ciencia”, ya sea como substantivo
o como adjetivo. El argumento es el siguiente: como la ciencia es buena, como
si hay más ciencia habrá más progreso, como vivimos en
una época dominada por la ciencia y la tecnología y los ciudadanos
no saben ciencias ni qué es la ciencia, es necesario abrir un debate
para aumentar la formación científica vinculada a objetivos que
animen a la gente: curar enfermedades, aumentar las comodidades, solucionar
los problemas del medio ambiente, desarrollar el pensamiento abstracto, saber
cómo es el mundo... Así, la Ciencia se ofrece al público,
pero no lo escucha. Un adoctrinamiento (necesario!) no es lo mismo que Diálogo.
La Ciencia se ha alejado tanto de las personas que ya no hay unión posible:
parece que los intereses de la Ciencia siguen una lógica propia y válida
mientras que los de las personas son susceptibles de ser erróneos.
Poco a poco, se va aceptando que “todo se puede explicar gracias a las
ciencias” y, en esto, no hay una auténtica opinión pública
sobre la ciencia. Aunque creo que no se entiende bien lo que significa esta
afirmación, y por eso genera indiferencia y rechazo. No quiere decir
que se deba sacralizar la ciencia, o que las necesidades humanas que la técnica
puede solucionar no tengan sentido. No quiere decir que se confundan las imágenes
que la ciencia hace del mundo con el mundo, ni que se dé más importancia
a las fórmulas que a la vida de las personas y de las comunidades. Tampoco
creer que toda la opinión que no pueda ser incrementada sin el recurso
de los experimentos y las fórmulas sea o pueda ser irracional. Quiere
decir que todo se puede mirar desde la perspectiva de las ciencias, y que esta
visión, como es una entre otras, es parcial y necesita ser completada
con otras visiones para que sea verdaderamente científica, es decir,
humana. Sólo así las ciencias se irán planteando objetivos
humanos, con los ojos abiertos a los problemas del mundo. Sólo así
huiremos del peligro de convertirnos en una sociedad cientificista y tecnocrática,
en la que la autoridad científica de los expertos limitaría el
funcionamiento democrático de la sociedad y los derechos de los ciudadanos
a decidir sobre su salud y su futuro. Con todo esto, se perdería lo mejor
que las ciencias han aportado a la cultura: la capacidad de hacer preguntas
interesantes (que afectan la vida y los sentimientos de las personas, porque
las ciencias intervienen en el mundo y lo transforman) y de buscar una respuesta
bien argumentada y razonable.
Ahora se nos presenta una publicación de gran interés que ofrece
una buena ocasión para abrir un auténtico debate sobre temas en
los que las ciencias tienen mucho que decir, pero también el resto de
las personas. Nos moviliza frente al peligro de estropear nuestro entorno o
de vivir una vida planificada por otros, o de perder el sentido del lenguaje
cotidiano para pasar a símbolos que imponen una lógica, que de
hecho ahorra el pensar, de llevar a cabo una práctica científica
desvinculada de valores y nos ayuda a no olvidar que la ciencia se ha de desarrollar
en un ambiente de libertad, en el que se generen buenas preguntas a las que
valga la pena dedicarle recursos.
El tema elegido en este primer número: “¿Se puede patentar
la vida?” es especialmente relevante y adecuado para ser debatido (¿qué
importancia tiene crear vida si no hay quien la proteja para hacerla humana?)
y se desarrolla en artículos muy diversos, tan dispares como lo pueden
ser los platos que forman el menú de un banquete. Y de la misma manera
que la comida nos alimenta, esta publicación también alimenta
nuestra capacidad de pensar de manera crítica.
Valorar l'opinió pública, com ho fa el grup Dynamon, és
retornar el dret a pensar a tothom, inclosos els científics; i, a la
ciència, la fa crítica, liberal i l'allunya del dogmatisme. Les
opinions formulades amb discerniment, coratge i compromís, són
cultura i per tant formen part de l'evolució de les ciències.
Les ciències tenen necessitat d'opinió pública; hi ha una
gran necessitat d'un espai on aquesta opinió es pugui fer sentir, i per
això esperem que les propostes del Grup tinguin una llarga vida.
Dentro de la sociedad pueden convivir muchas verdades, se pueden formular opiniones
y opiniones de las opiniones sin que al no escucharnos no desautorizarnos unos
a otros. Así todos podremos participar de la aventura de la ciencia sin
renunciar al pensamiento personal. Pero el éxito de esta aventura requiere
de la humildad de todos los participantes de los debates. Bernardette Bensaude-Vincent,
pone el siguiente subtítulo en su excelente libro “L´opinion
publique et la science”: A cada uno su ignorancia. Me parece fantástico,
pero parece ser que ha desaparecido de la segunda edición del libro...Porque,
si la ciencia no escucha a los ciudadanos, se vuelve ignorante, igual que los
ciudadanos si no escuchan la ciencia.
¿Podemos continuar aceptando que las ciencias avanzan de una manera
ciega, implacable, siguiendo una lógica propia, incuestionable? Creo,
junto con el grupo Dynamon, que no, y creo también que se puede rehabilitar
a la opinión pública y que eso nos ayudará a evitar un
modelo de sociedad cientificista y tecnocrática y a promover otra diferente,
más humana.