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Cafè

Pasos hacia una alfabetización genética
Por Victoria Mendizábal

¡Eureka! Gritó el ilustre Arquímedes mientras se daba aquel legendario baño de inmersión. Probablemente, algo parecido habrá chillado Isaac Newton como consecuencia del mítico golpe en la cabeza que recibió sentado a la sombra de un manzano. Tan solo un chispazo. Un flash sorpresivo que lo llevó a formular la ley de gravitación universal.

Dicen que cuando todavía era un niño, Einstein intuyó por primera vez la teoría especial de la relatividad. Esperaba un tren en la estación mientras miraba su reloj cuando imaginó que si se desplazaba lo suficientemente rápido, tal vez “montado en un rayo de luz”, la imagen de su reloj permanecería fija. ¡El tiempo se paralizaría! -se dijo mientras el ritmo de su corazón se aceleraba ante tremendísima emoción.

Me pregunto que onomatopeya habrán empleado Watson y Crick el día en que, provistos de varillas de alambre y placas de hojalata, construyeron el primer modelo tridimensional del ADN a principios de 1953. Seguramente inspirados por aquel chispazo robado que en 1951 se grabó en la memoria de Watson durante la conferencia en la que Rosalind Franklin presentó sus primeras fotografías del ADN obtenidas por difracción de rayos x.

Lo cierto es que, propio o plagiado, el modelo de la doble hélice no solamente permitió a Watson y Crick obtener el premio Nobel de medicina en 1962 sino que abrió un nuevo campo de investigación científica de consecuencias entonces insospechadas. Tan insospechadas como Hiroshima o Nagazaki para aquel niño de pocos años que disfrutaba montando rayos de luz con tal de paralizar el tiempo.

La metáfora del libro de la vida

Al postular el principio de empuje, Arquímedes descubre el engaño sobre la verdadera naturaleza de la corona que le habían fabricado a Herón II, Rey de Siracusa. Resultó que no era de oro puro como pretendió hacerle creer el orfebre, sino una mezcla con plata. Con este chispazo del maestro griego pareció que al fin podíamos saber de qué estaban hechas las cosas. De modo similar, con el descubrimiento de Watson y Crick muchos creyeron y todavía creen que ya hemos descifrado el secreto de la vida.

Basados en este supuesto, muchos biólogos instalaron la llamada “visión del grial” en relación al conjunto de genes que constituyen el genoma de un organismo. Como si la información que contiene una secuencia de ADN fuera, por sí misma, a proporcionar todo lo que hace falta para conocer las funciones biológicas. Así, por ejemplo, el biólogo Walter Gilbert escribía hace diez años: “En un solo disco compacto caben tres mil millones de bases, y uno podría sacarse un CD del bolsillo y decir: aquí hay un ser humano. ¡Soy yo!”

En contraste, hoy las dudas acerca de que la información contenida en la secuencia sea adecuada para comprender las funciones biológicas se han extendido incluso entre algunos biólogos moleculares. “En vez de comparar la secuencia del genoma humano con la Piedra Rosetta, propone William Gelbart, quizás sea más apropiado compararla con el disco de Festo, una serie de inscripciones de un palacio minoico que aun no han sido descifradas”. Más aún, aventura Gelbart: “Con respecto a la comprensión de las letras de la secuencia genómica (A, T, G y C), somos en muy buena medida unos analfabetos funcionales”.

Paradójicamente, muchos científicos y divulgadores de la ciencia siguen insistiendo en emplear la metáfora del libro de la vida para referirse a los 30.000 genes que conforman el mapa genético humano. Y si de analogías con la lingüística se trata, podríamos decir que estamos intentando comprender una lengua desconocida con poco más que un diccionario elemental. Limitar la comprensión del contenido de los genes a un mero manual de instrucciones para la construcción de un ser vivo, sería algo así como suponer que las palabras nos remiten a objetos de la realidad sin entender que el lenguaje humano es un fenómeno de interacción social. Las palabras son de acuerdo al sentido que les damos.

Por ejemplo, la expresión Eureka puede ser una graciosa onomatopeya para un niño que recién empieza a hablar, o significar “lo encontré” para un conocedor de la lengua griega. Inclusive, yendo un poco más lejos, un amigo del genio matemático podría haber inferido que al gritar “Eureka!” Arquímedes al fin había descubierto el engaño al rey de Siracusa. Tal vez con esta mágica palabra el propio Arquímedes se haya dicho a si mismo: ¡encontré el modo de saber de qué están hechas las cosas!”. Entonces, una palabra puede cobrar infinitos significados de acuerdo a las competencias de quien la pronuncia o quien la escucha.

De un modo similar, una secuencia génica no tiene sentido en la medida que no se relaciona con el contexto en el que se encuentra inmerso. ¿Existe un significado unívoco para leer los genes? Todas las células de nuestro organismo tienen la misma información genética, el mismo genoma. Entonces, ¿cómo es posible que a partir de un óvulo fecundado se puedan obtener neuronas, células de la piel, glóbulos rojos o células hepáticas? La respuesta parece provenir del fenómeno de diferenciación celular.

Una lección de humildad

De una esfera, a las redes neuronales. ¡De un huevo, a una célula capaz de generar plumas, pelos y hasta uñas! De un zigoto, a una forma capaz de transportar hemoglobina y dar vida a todo un organismo a través de una intrincada red de vasos sanguíneos. Este misterioso proceso por el que un óvulo fecundado adquiere una forma y una función determinadas durante el desarrollo embrionario o la vida de un organismo adulto se conoce como diferenciación celular. También debido a este fenómeno, es que nuestro hígado puede regenerarse a partir de unas células, los hepatocitos, que mantienen la capacidad de diferenciarse y reconstituir la compleja arquitectura hepática durante toda la vida adulta.

Esta transformación morfológica y fisiológica de las células con capacidad de diferenciación trae consigo la división del trabajo. Según la posición que ocupa, cada célula recibe distintos estímulos que interpreta y transmite de manera diferencial. La especialización se produce debido a que en cada tipo celular se activan algunos genes y se silencian otros. Podríamos decir que esta lectura personal del genoma que hace cada célula sería comparable a lo que experimentaría un lector al leer palabras o frases en distintos contextos personales. Seguramente, muchos estaríamos de acuerdo en que la lectura de un mismo texto puede provocar muy diferentes interpretaciones de acuerdo a quien lo lee, cuando lo lee y con que estado de ánimo.

Sin embargo, esta analogía entre palabras y genes no es una mera forma de facilitar la comprensión de un concepto complejo. Es la base de una ideología que ha dado sustento al desarrollo de programas de envergadura tales como el Proyecto Genoma Humano (PGH). La interpretación de los genes como agentes que ejecutan unas instrucciones para producir un organismo es la base del determinismo genético. De acuerdo con esta idea, conociendo la secuencia del gen, sería posible deducir la función que ese fragmento de ADN es capaz de codificar.

En contra de todo pronóstico, lejos de respaldar este determinismo genético el PGH ha planteado un panorama mucho más complejo. Como propone Evelyn Fox Keller en su libro El sigo del gen, “el éxito del PGH no radica en cómo ha satisfecho nuestras expectativas, sino mas bien en cómo las ha transformado”. Así, por ejemplo, el análisis de su estructura parece indicar que los genes no son objetos físicos con un principio y un fin claramente delimitados. Por el contrario, el descubrimiento de genes partidos, genes repetidos, genes superpuestos, miles y miles de fragmentos de ADN sin una función aparente, parece evidenciar que la estructura de un gen no sería unívoca e inalterable. Más aún, no sólo estamos empezando en cuanto a conocer la estructura de los genes, sino que no sabemos casi nada de su funcionalidad, la que ha demostrado variar enormemente de acuerdo al contexto celular en el que se encuentra.

A la luz de estas nuevas críticas, la historiadora y filósofa de la ciencia, hace una interesante reinterpretación de lo que en su opinión ha significado el PGH. “Son raros y maravillosos los momentos en que los éxitos nos enseñan humildad- dice Fox Keller- y precisamente uno de ellos es este en que nos encontramos a finales del siglo XX. Realmente, puede que la humildad sea, en última instancia, el mayor de todos los beneficios que nos ha aportado la genómica”, concluye.

Algo más que leer genes de corrido

Superada esta lección de humildad, algunos biólogos moleculares más progresistas se disponen a ir un poco más allá en la comprensión de los mensajes escritos en los genes. En los últimos años, la llamada genómica funcional se ha abocado a contestar otro tipo de preguntas: ¿Dónde están inscriptas las relaciones entre los genes? ¿Dónde las reglas gramaticales, semánticas, el contexto para interpretar? De a poco, comenzamos a vislumbrar que para comprender el mal llamado manual de instrucciones para fabricar un organismo, necesitamos algo más que saber leer genes de corrido. Así, la epigenética, un concepto que durante años se mantuvo como una materia oscura en la biología celular, aparece como un boom entre los investigadores “serios” que antes la miraban con recelo y precaución.

Hoy en día, estos mismos investigadores se han lanzado de lleno al estudio de la información oculta, la que está fuera del ADN. Esta información clave para comprender qué hace encender o apagar la expresión de un determinado gen es el objeto de estudio de la epigenética. Hablando en cristiano, sería algo así como encontrar los signos de puntuación que dan sentido a una frase. La letra cursiva, el subrayado o entrecomillado de un texto. Señales químicas como la metilación, que marcarían la diferencia en la lectura que cada tipo celular hace del genoma.

Ahora bien, asumamos que aplicando estos nuevos conocimientos semánticos fuera posible aprender un poco más sobre como leer nuestros genes. Pero, ¿cuáles serían las consecuencias de que el material genético de diferentes especies como la nuestra, pasara cada vez más a manos privadas? ¿Sería posible patentar las palabras o las expresiones? Si, claro. Como un libro y los derechos de autor. Pero, ¿acaso aislar y describir un fragmento de material genético es comparable a crear una obra literaria? Si alguien escribiera un libro a partir de las frases de otros, seguramente vendría un abogado a demandarlo por plagio. Pero, claro que para defender los millones de años de evolución que implican el desarrollo del mal llamado libro de la vida no vendrá ningún abogado a decirnos que estamos plagiando ¿a quién? ¿A la naturaleza? ¿En qué consiste la creatividad de quienes plagian a la naturaleza?

Rumbo a una privatización del alfabeto genético

Con el argumento de favorecer la inversión privada y fomentar la investigación, muchos son los que se valen de todo tipo de triquinuelas legales para redefinir la creatividad, restringiéndola a una actividad económica humana que debe ser rentable. Esta idea de ganancia y acumulación de capital como única función de la creatividad que debe protegerse, no solamente promueve el secretismo entre los colegas científicos, sino que favorece la investigación sobre algunas y no todas las ramas de la ciencia. Así, por ejemplo, como expresa Vandana Shiva en su libro “Biopiratería” la investigación sobre las lombrices de tierra, una de las especies vitales para nuestra supervivencia, en la actualidad está restringida a solo 5 científicos en todo el mundo. Y es lógico. ¿A qué empresa podría interesarle la taxonomía de lombrices de tierra?

En su artículo 27.1 la Organización Mundial de Comercio establece que “los derechos de propiedad intelectual sólo se reconocen cuando el conocimiento y la innovación generan ganancias”, dice la activista Shiva. Más aún, “son reconocidos únicamente como derechos privados, lo que excluye el patrimonio cultural de comunidades de agricultores de aldeas, pueblos tribales e incluso científicos de universidades”. A la luz de este despótico concepto de creatividad, resulta claro porqué intentar proteger el patrimonio biológico y cultural de algunos pueblos llamados primitivos es ilegal. Y, en contraste, apropiarse de un gen o un principio activo de una planta, e inclusive de una línea celular humana pueden fácilmente transformarse en actos enmarcados en la legalidad, siempre y cuando tengan una aplicación industrial.

¿Se puede patentar la vida? Parece que si. Porque ya se hace y con mucho éxito para las 4 o 5 empresas que concentran el 80% de las patentes mundiales. Tal vez una pregunta más atinada sería quién puede hacerlo y con qué fines. Pero, lamentablemente, este debate queda cada día más y más restringido a unos pocos, lo que convierte al próximo paso en el proceso de alfabetización genética en una nueva incógnita. ¿Quién tendrá acceso a esta lectura de genes? ¿Qué va a hacer con ella?

¡Eureka! Gritó Arquímedes mientras corría desnudo por las calles de su pueblo. Seguramente, con la misma intensidad gritan muchos otros cuando encuentran la manera de justificar una creación y patentarla. Al parecer, las cosas no han cambiado mucho en los últimos dos mil años. Los científicos, siguen emocionándose ante el descubrimiento de un modo parecido. Sin embargo, mientras la historia parece empeñada en ocultarnos qué hizo el rey de Siracusa con el principio de Arquímedes, hoy parece quedar bastante claro lo que el grito de Einstein o el ¡Eureka! de Watson y Crick puedan significar para la humanidad.

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